El sorprendente mundo de Sandro...

El sorprendente mundo de Sandro...

2 de octubre de 2011

Curiosidades


UN CUENTO CON SABOR A SANDRO


El HOMBRE QUE LE CANTA AL AMOR

De ese castillo, construido con el amor de quienes se adivinan el uno para el otro,  lugar de proporciones inmensas, donde abundan jardines de ternura, arboledas frondosas desbordantes de pasión y pueden hallar cobijo hijos soñados, risas, caricias, ternura.  Fortaleza construida con paredes fuertes, indestructibles, hasta donde la voluntad humana lo desee… quedó el adiós frío, mezquino, transmitido en pocas y cortantes palabras volcadas sobre la hoja blanca que mi mano estruja vehemente.  Camino por el dormitorio, el living, retumba el eco de los zapatos por el departamento ahora vacío.  Fantasmales, los resabios perfumados de ella flotan por el lugar.

"Mas cuando te pedí un poco de amor,
tú, sin mirar atras, te marchaste.
Devuélveme el amor, dame la vida,
dame la vida que me mira de los sueños.
Devuelve el corazón aquí a mi pecho
que ya vacío y deshecho de llorar
se acuerda hoy de ti.
¡Dame el amor... dame la vida...!"

Paredes delgadas de las construcciones modernas, por ellas se filtran sonidos musicales que llegan de las vecindades. Y la voz de quien canta, se asemeja a un bisturí afinado, rítmico, que hurga mi herida, revuelve en ella.  Lloro… él también parece hacerlo, me desespero y salgo al pasillo, busco la calle…
Pasaron muchas noches de vino triste, desgano de las cosas no ganadas, meses trajinados al filo de la navaja en el taller.
-¡Ponete las pilas Marcos! Si seguís haciendo macanas te rajo.
Don Gregorio, el patrón, me lo dice… y ¡qué buen tipo el viejo! Se nota que le duele más a él que a mí el reto.

Pero en mi cabeza, los ojos de ella ocupan el mismo lugar que años atrás cuando se abrieron luego de la entrega, temerosos en principio, dulces y confiados después… ¿Trofeo?... No, sentimiento. La delgada piel rasgada en el frenesí de la pasión.  Un tesoro significó ese momento para mí, ¿Y su cabello? Todavía lo siento entre mis dedos escurriéndose, sedoso, juguetón, día tras día, semana a semana continuo viviendo de esas miguitas de pasado que están desperdigadas un poco en mi memoria, pero mucho más en el corazón.  Con el tiempo, llegaron noticias.  Ella y su familia se radicaron en Grecia, en condiciones económicas mucho mejores a las que yo podía brindarle en el departamentito alquilado en Parque Patricios, para vivir nuestro amor, que otros llamaron concubinato.

¿Y el cantante?... Lo escucho en la radio, a veces en la tele a la hora de la cena, junto con mi vieja y mi hermana Cristina que se ponen como locas.  Lo presenta con toda la pompa Antonio Carrizo.  En el estudio de canal 9 los alaridos femeninos desbordan la voz del locutor; me muestra Cris sus brazos con la piel erizada, las mejillas rosadas suben de color, me parece que a mi hermanita el tipo le recontra va… ¡y recién tiene 14 años!
-¡Es el mejor… mira qué pinta!
-Shhh… ¡basta nena que no dejas oír! Rezonga Tita, mi vieja
Yo agarro el vaso de vino y me voy a sentar al patio, desde ahí lo oigo… la verdad que canta lindo el chabón.
Un día me despierto con calor, calor arriba, calor en el medio ¡por todos lados el calor! Miro el Corazón de Jesús en la cabecera de la cama y agradezco… no es fiebre ¡es vida! Preparo las tostadas mientras mamá me ceba los mates, canto… bah, destrozo “Aquellos ojos verdes” y salgo contento para el laburo, contento y caliente.  Para el mediodía está decidido: poner en manos expertas mi nuevo estado de ánimo, un llamado oportuno y todo queda listo para la noche.
Don Gregorio nota el cambio de ánimo, cerca del mediodía pasa a mi lado y sonoramente palmea mi espalda. A la tardecita, antes de cerrar el taller, Doña Tomasa, su esposa, se aparece con una botellita de cerveza fría, me da un beso como todos los días y la deja junto con dos vasos arriba de un tambor de aceite.
-Dice Gregorio que hoy estás bien, que te ve contento, parece que quiere hablar con vos.
Y llega el viejo limpiando con un pedazo de estopa sus callosas manos, intenta secar el sudor de la frente con el mismo trapo y sólo logra ensuciarse la cara.  Se da por enterado al ver mi sonrisa.
-¡Bendita grasa Marquitos!, esto sale con un buen baño, pero la platita del trabajo queda, y ahora vamos a arreglar los camiones de Oreste, tiene como veinte el tano.
-Son camiones nuevos, mucho trabajo no van a dar.
Desde la calle llega una brisa fresca trayendo aromas de malvones y glicinas. Perfumes de barrio.
-Pero voy a necesitar otro chico más ¿entendés? Le vamos a enseñar, lo vamos a ayudar a aprender un oficio como aprendiste vos y te voy a aumentar el sueldo, casi el doble vas a ganar, pero poné ganas, porque sin vos yo solo no puedo… ¿Entendés Marcos? Vas a tener las llaves del taller, te voy a dar el jeep para que hagas las compras y como tenés registro te lo llevarás cuando lo necesites. ¡Poné fuerza pibe, que vos podés!
Salí del taller flotando sobre nubes de entusiasmo y amor por ese viejo que me enseña un oficio pacientemente, como a un hijo… bueno, Gregorio no tiene hijos y sin embargo siempre me sabe tratar, aconsejar y tironear de las orejas si es necesario, de haberlos tenido hubiese sido un gran padre.

En casa, apretadamente, explico a Tita la novedad, en tanto le pido me repase la camisa negra y el pantalón blanco, están de moda y parece que “el cantante” lo impuso, intento gambetear a Cris que me ofrece un mate con la mal escondida intención de pedirme unos pesos.
-¿Y para que los querés?
- Quiero comprarme un disco, de él, vos sabés…
-¿Y el colegio como va?
- Nueve en castellano, ahora te traigo la carpeta.
Y lo único que esquivo es el mate, porque la plata para el disco termina en sus manos. Suspiro contento, Cris estudia con ganas, si Dios quiere tendrá un buen futuro.
Diez años me debe llevar la Choli; es morocha, tiene labios carnosos, insinuantes, los ojos color almendra son pícaros, y lo mejor de su torneada espalda esta al comienzo.  Espera en la esquina de Boedo y Chiclana, hasta allí llego, en el taxi al que presurosa sube y continuamos viaje hasta Rondeau y Rioja.  Bajamos, y caminando rápido unos treinta metros, furtivos, ingresamos al hotel alojamiento.
Un buen rato después enciende un cigarrillo, me mira con cierta extrañeza y por fin rompe el silencio.
-Algo te pasa Marcos, no digo que me lo cuentes, pero vos no eras así.
-Vamos Choli, acá tenés lo tuyo.  Sobre la mesa de luz arrojo unos billetes, desganado me visto.  Espejos, luces, paredes empapeladas, parecen caer sobre mí, como intentando sepultarme de nuevo en el desgano y la desazón.
-Parecés desilusionado, tenés un problema y deberías confiárselo a un buen amigo, a veces, esas cosas se quedan adentro y te pudren la cabeza…
-Todos estos años sin verte, me pasaron muchas cosas y no sé siquiera por dónde empezar.
-A mí también me pasaron cosas… A veces pienso que la vida es como una ola, te va llevando, deja que juegues con ella, parece que la dominás… y cuando menos lo imaginás… ¡paff! te voltea, te revuelca, y a veces te lastima.
Pienso el regreso a la pieza de casa, esquivando las miradas curiosas de Tita y Cris, abrir la ventana, apagar la luz y fumar a oscuras y en silencio. Choli está parada delante mío, deja los billetes sobre la mesa de luz y repite.
-A mí también me pasaron cosas…
Mutua es la necesidad de encontrar cobijo en el diálogo.
-En la esquina hay un barcito que parece discreto ¿me aceptás un café? Propongo.
La Choli sonríe, como Cris cuando logra sacarme algo utilizando alguna de sus jugarretas.
-Otra cosa que hacer no tengo… vamos.
Y así, caminando sin prisa, tomados de la mano ingresamos al lugar, la mesa del rincón pasada apenas la ventana parece llamarnos. Afuera, sobre el asfalto comienza a caer una tenue llovizna y a juzgar por el movimiento arremolinado de las copas de los árboles, el viento sopla con más ímpetu.
De pronto, esa mesa, la música, las paredes delicadamente decoradas, el lugar todo se transforma en un conjuro de calidez, apto para la charla amiga, sin prisas.  Cigarrillos, aromas de café, y dos personas rompiendo el cerco de silencio para dejar caer como barajas desordenadas sobre la mesa, pedazos de sus vidas.

"Dos solitarios que en este mundo
cansados de la búsqueda de amar
se detienen un instante,
confiesan su amargura
y buscan esquivar la realidad".

Busco los ojos de Choli, sigo el movimiento de sus labios sinuosos.  Nunca antes atendí al tono de su voz, suena cálida, modulada, en tanto cuenta su historia, que como la mía, aparece llena de contradicciones, vaivenes o caprichos incomprensibles, de esos que a veces se pagan caros.  Pedimos más café caliente y dos copas de coñac; el calor retorna a mi cuerpo, su mirada por un momento me fulmina, enrostrándome un deseo que sin palabras, simplemente con un silencio, decidimos dejar para después. Desde el equipo de audio, la voz teje telarañas. 

"Dos solitarios, somos amiga.
No creas encontrar en mí el amor.
Refugia tu desdicha y cuéntame
tus penas, ahoga en esta noche tu dolor". 

Y aparece la mujer, durante años sólo fue “Choli”, la chica para… Se revela ante mí una persona que golpearon y golpeó, una persona que entrega su cuerpo, pero no su alma.  Orgullosa de su infancia de piecitos descalzos allá en la Salta natal, hoy en día le manda plata a su madre Antonia, quien la imagina, por lo que ella le cuenta en las cartas, como una aventajada oficinista.  Esa mujer, allá lejos, es la única familia que le queda. En cuanto al amor… le escapa, cuando creyó en él siendo joven llegaron los golpes, las imposiciones. Ahora son todos clientes, algunos mejores que otros, pero clientes, nada más.
 Apoya sobre la mesa los brazos cruzados y sobre ellos los senos voluptuosos, turgentes.  Allí se me extravía por instantes la mirada, y descubro que me interesa su historia, su cuerpo, los párrafos de las cartas enviadas a Salta, el curso de peluquería al que puntual asiste tres veces por semana, sus labios jugosos y sus ojos pícaros… las manos que hacen bollitos con una servilleta.  

"Ven... la magia ya comienza,
ven, vivamos la ilusión.
¡Ay...! ven, la noche nos acerca,
¿ves? se duerme ya el dolor.
Ven, la noche tiene prisa,
¿ves? el mundo es de los dos.
¡Ay...! ven, intenta una sonrisa,
ven, pensemos que es amor".

Bastó murmurar un “¿vamos?”, cruzar las miradas, y decididos dejar la mesa; a pocos pasos me detengo, mis labios buscan los suyos, no hay historias ya, tampoco trueques, es un beso intenso, infinito.  Después, muy unidos dejamos atrás la calidez del lugar, para perdernos entre la lluvia con dirección nuevamente al hotel. La voz del cantante sigue rondando en el interior del barcito y en mis oídos.  Si en ese momento pudiese hablarle, le regalaría unas “gracias” enormes. Al agua de la lluvia se agregó la transpiración de nuestros cuerpos, y después el descanso y de nuevo la pasión, toda una noche de pasión.

Llega el tiempo de trabajo duro, abundante, gracias al barbudo que desde arriba arregla lo que algunos estropean acá abajo.  Los encuentros con Choli, a veces a cenar, otras a caminar por ahí tomados de la mano se hacen frecuentes. Ella me robustece, las caricias, su comprensión…  Mi pasión, recala en su cuerpo como un río que encuentra un continente y descansa manso en él.

Don Gregorio cumple con su palabra y duplica casi mi sueldo, siguiendo su consejo abrí una cuenta en la Cooperativa El Hogar Obrero y comencé a ahorrar.  Los camiones del tano Oreste traen prosperidad al taller, afanosos, el viejo, Tony (el pibe nuevo) y yo multiplicamos nuestros esfuerzos para complacer a la antigua clientela, y poner en forma a la nueva, compuesta por generosas moles de acero y chapa que después de recorrer miles de kilómetros llegan buscando alivio a sus nanas.
Pero en mi interior, por las noches, las dudas llegan para instalarse a veces por horas, mortificando el descanso, fijando mi pensamiento en el futuro incierto de este amor por ella… ¡Ese trabajo!… el dinero comprando su cuerpo, caricias, besos.  La Choli partida en dos, una mitad fría, calculadora para ellos y otra alegre, pícara, apasionada para mí.
No se lo puedo decir… yo la conocí de esa forma y no lo puedo prohibir, sería ofenderla… ¿dejaría todo eso por un novio... un mecánico engrasado, de manos torpes y entendimiento corto…? ¿Será calculadamente fría con todos… o quizás exista otro que vulnere la distancia que ella dice mantener? Así, con un tazón de café caliente en las manos y el pucho a punto de quemarme las yemas de los dedos, me sorprenden algunos amaneceres hablando solo en la cocina.
Un martes, cerca del mediodía suena el teléfono en el taller, Gregorio está dando vuelta unos chorizos que lentos se asan sobre la parrillita de lata y varillas de hierro, Tony saca los últimos bulones para liberar la inmensa caja del Mercedes 1112 estacionado sobre la fosa.  Pili, la perrita salchicha, se relame, el aroma de la parrilla la entusiasma.
-Marquitos atendé, por ahí es Tomasa que fue al médico por el dolor de la cintura y quiere que la pase a buscar.
Presuroso me quito la grasa de las manos y corro a tomar el mamotreto de color negro roña para contestar: 
-Hola, taller mecánico…
-¿Hola Marcos?... habla Choli ¿tenés un minuto?
-Si por supuesto ¿pasó algo?
-Te quiero invitar esta noche a comer en uno de esos carritos por la costanera sur ¿viste esos que están cerca de las glorietas?
-Bueno… pero terminamos temprano, mañana llegan dos camiones de La Pampa y hay que atenderlos.
-Un beso mi amor… te quiero.
Y se pasa el día rápido, para la noche le pido el jeep a Gregorio, ese carro merece un párrafo aparte. Equipado con caja de velocidades de alta y baja que el viejo mantiene funcionando como un violín, butacas reclinables adaptadas de Fiat 1600, jaula antivuelco de caño cromado, rodado ancho con llantas también cromadas, el color de la pintura es original de su época guerrera y el pasacasette que le coloqué acompañado de potentes parlantes ponen la música. El “fierro” es uno de los tesoros de Gregorio y la envidia de otros talleres de la zona; en él, vamos llegando con Choli a la costanera.
Durante el viaje la noto contenida, la mirada si bien serena, parece querer decirme algo más, su voz está animada y habla del sol que se oculta a nuestras espaldas, un vientito suave le acaricia el pelo. Me mira y calla, la intuición me dice que algo está por pasar.
Torpe, estaciono entre un Torino y un Rambler, desde el pasacasette la voz vuelve a sonar melódica, cálida, con el jeep detenido se puede escuchar con nitidez:

"Renovado esplendor esta noche hay en ti,
qué bonita que estás, que bien luces así,
con el blanco marfil del vestido de tul,
maquillada muy bien y tu tapado azul".

Me bastaba recorrer su humanidad con mis ojos, apretarle fuerte las manos para que entienda.  Lo que ese hombre canta, es lo que yo quisiera decirle. No luce tapado azul ni vestido de tul, pero estamos unidos por el amor y la magia…

"Y los hombres envidian mi suerte,
lo común se transforma ante mí,
orgulloso te llevo del brazo,
y París se arrodilla ante ti".

-Marcos, quiero contarte algo que para mí es muy importante… se me va la vida en esto.
Aturdido pienso: me patea… o un embarazo; mi cabeza es un torbellino, una enfermedad grave… ¿falleció la madre...? ¡No, qué torpe! No me invitaría a comer choripanes a la costanera precisamente, y sus ojos no están tristes, sí, más bien expectantes. Ella sigue hablando:
-Conseguí trabajo en una peluquería de damas… no voy a ganar mucho, empezaría como aprendiz… Y dejo la calle Marcos, te amo y bueno… no quiero más la calle… quiero un hogar.
"Yo no te propongo ni el sol ni las estrellas,
tampoco yo te ofrezco un castillo de ilusión,
yo tengo para darte tan sólo cosas buenas,
triviales y sencillas, las cosas de este amor.
Te propongo, un amanecer cualquiera,
aferrada de mi brazo, compartiendo una quimera.
Te propongo, simplemente... te propongo, que me quieras..."

Pasaron los quince de Cris, con fiesta y todo. Aproveché para presentar a la Choli en familia ¡ah… ella la peinó...! parecía una princesa mi hermanita y pasaron cosas… muchas cosas… una guerra entre hermanos… la guerra con los ingleses, y cuando este pueblo ya no podía dar más sangre llegó la democracia, con gente buena y mala, con verdades y mentiras… una democracia tal vez muy parecida a nosotros, con defectos, virtudes y espejismos que venden los miserables que siempre están ahí acechando, en cualquier época… con cualquier gobierno.                                              
Gregorio un domingo por la tarde se acostó para la siesta y no despertó más. Se fue manso, como vivió, con su amor por la Tomasa, los recuerdos de Manfredonia, un pueblito costero allá en su Italia jamás olvidada y la pasión por Huracán. ¡Má el globito sempre vola alto, ben alto! Exclamaba los lunes del 73, festejando las victorias del equipo de Menotti.  Tomasa, ante la ausencia de familiares cercanos me puso a cargo del taller, ella vivía en la planta alta y casi nunca bajaba a ver cómo iban las cosas; al mediodía preguntaba si precisábamos algo del almacén, al rato regresaba con la bolsita casi vacía.
-Marquitos, me preparo una sopita y voy a dormir, si precisás algo grita fuerte por si no te escucho…
Así todos los días durante meses, hasta que una tarde bajó toda emperifollada, se diría que rozagante.
-Marquitos, prepara el jeep que vamos a la escribanía de Don Eleuterio, y lavate bien las manos, que tenés que firmar algunas cosas.
Don Eleuterio era uno de los clientes más antiguos del taller, hombre amable, siempre bien vestido y medido en sus palabras. Media hora más tarde Tomasa y yo estábamos sentados frente a él en su escritorio.
-Señora Tomasa, cuando usted me contó la inquietud que tenia con respecto al funcionamiento del taller y sus cuentas pensé que se dejaba llevar por la desmesura… pero la precisión y veracidad de los libros caseros de control, a pesar de no estar llevados por un experto en la materia, es sorprendente.
Reaccioné indignado:
-¿Desconfió de mi Doña Tomasa?... ¿por qué?  
Y ella me devolvió una sonrisa tranquila, diáfana. Entonces habló don Eleuterio.
-Marcos, mes a mes rendiste peso sobre peso a la señora las ganancias del taller, sin faltar un centavo… escuchala. 
 Me sentía confundido, pero mirando los ojos buenazos de la vieja sólo esperaba cosas lindas, por un momento dirigí la mirada a un costado buscando a la Choli, en esos momentos ausente, mis manos transpiraban. Dios ¿qué pasa?
-Marquitos, cuando Gregorio fue el padrino de tu fiesta de casamiento, esa noche me confió que se sentía como si tuviese un hijo, después llego Pablito, casi un nieto para mí. Choli, tu madre ¡hasta la celosa tía Cris! me dejan disfrutarlo, jugar con él… en fin, sentirme en familia y un poco menos sola… Marquitos, vas a ser el dueño del taller, ¡todo el taller, te lo ganaste!

Hitos… así le dicen ¿no? Cosas que van pasando en la vida y el cantante siempre metido ahí, en el medio. Cris, la Choli… ven en Crónica sus recitales, rezan por él, el hombre está mal y hoy es su cumpleaños, pasaron los años que a veces parecieron siglos. Todos envejecimos y Pablito creció, tanto que desde España nos manda la carta quincenal, la que esperamos más que el mail diario, esa esquela prolija, con la misma letra chiquita de cuando pibe cursaba la primaria, con algún borrón que se me ocurre bien puede ser un lagrimón, como el que se me pianta a mí cuando la leo. Preparador de motos de carrera ¡tomá chocolate! Salió bueno el pibe… lastima la distancia. Choli desde la calle toca bocina, está impaciente por salir con rumbo al sur.

Llegamos a Pavón y Berutti, la callecita está cortada, un centenar de mujeres y hombres esperan, conversan entre ellos, algunos toman mate, hay quien vende fotos de él, las hay posando al lado de una dorada cupé Mercedes, ataviado de gitano sobre un caballo, totalmente vestido de blanco aferrando una guitarra eléctrica.  Le pido a Choli detener el paso y compro una.  El sol tibio perfora la tupida arboleda y cae sobre el empedrado, así la acera agrega un toque luminoso, que se suma al colorido de las flores que pueblan canteros y maceteros de las veredas.
-¡Marcos, de grande comprando fotos de Sandro!
-Para vos es un cantante…
-¡Por supuesto, el mejor!
Se produce un alboroto sensacional, los movileros de emisoras de radio y TV se arremolinan en torno a una escalerita, y aparece él, abrigado con sobretodo oscuro, la bufanda de tono claro le tapa un poco la boca evitando que el viento frío de Agosto le provoque tos. Allí está con ojos de mirada pícara, sus manos están temblorosas, leves surcos atraviesan el rostro de rasgos bien definidos. Lo observo, lo siento cercano, amigo… cómplice en la noche del redescubrimiento de Choli. 
Él llegó alto, muy alto y está ahí rendido, como un león entregado a los mimos y cariños de “sus nenas” como él las llama, mira a un lado y al otro, y esa mirada lleva implícita ternuras, afectos… amor. Suave desde un pequeño aparato de audio, que cuelga de una ventana y suena ahora descuidado, ante la presencia del ídolo, llega a mis oídos una canción, él le está cantando al amor, al tiempo, a las alegrías y tristezas… a la vida cotidiana.

"Hoy quise contemplar
esos viejos retratos,
que son testigo fiel
de los felices ratos,
que vivimos una vez en primavera,
primaveras que ya nunca volverán".

Ahora les habla, casi susurra, sobre el improvisado balconcito cae tupida la metralla de flashes, sobre su humanidad se fijan los ojos avizores de las cámaras y decenas de periodistas, algunos casi adolescentes, estiran sus manos portando grabadores, micrófonos o directamente celulares, intentan transportar la voz del hombre a cientos de miles de hogares, a los que entró innumerables veces, invitado privilegiado para animar cumpleaños y casamientos a través de sus discos, aniversarios de matrimonios, o alguna cena íntima, con vino blanco frappé, velas y el ramo de flores infaltable para halagar a la compañera de años y acordarse de esas noches de luna de miel, buscando obstinadamente impedir que el tiempo las transforme en noches de hiel.

"La juventud se va y nos ponemos viejos,
los hijos ya no están, pues se marcharon lejos,
pero quedan con nosotros los recuerdos
del amor de ayer.
Y pensar que la vida se va,
y pensar que los años también,
mas no importa total quedará
el recuerdo feliz del amor de ayer".

Y con la misma magia que llegó, se va, sin estridencias, entre aplausos, promesas de repetir el próximo año la liturgia del encuentro cálido, precioso al espíritu.
Una nube pasajera baja el telón, el sol acepta el momentáneo ocaso y retira del empedrado las tonalidades brillantes. Nos vamos caminando lentos tomados de la cintura, juntos como desde hace ya tantos años. Miro la foto, el ríe franco, con la seguridad que da tener la vida por delante. Choli comenta:
-¿Qué pasa Marcos? Tenés los ojos mojados.
-Para vos es el mejor cantante y yo lo siento como mi gran amigo. Mi amigo, el hombre que le canta al amor.


Autor: Luis Vado
Registro de la propiedad intelectual Nº 762789
Edición sin fines de lucro.


Colaboración: Pili, una nena más, México 






24 de septiembre de 2011

Curiosidades


SOLICITUD DE HOMENAJE PERPETUO A SANDRO

La siguiente es una nota presentada por los vecinos de la Ciudad de Valentín Alsina al Honorable Concejo Deliberante de la Municipalidad de Lanús, Provincia de Buenos Aires, mediante la cual se pide dar el nombre de Plaza Roberto Sánchez a la actual Plaza Constitución, en memoria y homenaje a Nuestro Amado Sandro.



Fuente: Facebook


18 de septiembre de 2011

Entrevistas y notas

 
EN ARGENTINA NO LE HAN DEJADO FILMAR UNA PELICULA SOBRE LA ÉPOCA DEL ROCK


¡Estás mucho más delgado! Fue nuestra primera impresión dirigida a Sandro en esta, su sexta visita a la capital mexicana.

-El año pasado algunos periódicos mencionaron que venías "pasado de kilos".
-Tú sabes el trabajo, la presión del tiempo, correr de un lugar a otro... no, ninguna dieta.

Nos encontrábamos en la suite del hotel donde se presentaba esa noche. Varias salas, un bar, la vista de México y Sandro tocando el piano. Parecía un fondo musical a nuestra plática. Sandro ha cumplido 17 años como cantante. Tenía entonces 13.
-Nunca tuve dudas de lo que deseaba ser: cantante. Por ello, nunca sentí frustraciones ni cambios en mi manera de pensar o ver las cosas. El hombre y el artista crecieron juntos, fue una metamorfosis paralela. Dejé los estudios para trabajar y sostenerme. Vendí vinos, fui camionero, joyero, modelo de una casa de ropa para hombre y estuve en talleres metalúrgicos. Hasta los 17 años pude mantenerme con lo que ganaba cantando”. La primera vez que me paré en un escenario fue como un enervante... lo probé y ya no pude dejarlo. Mi primer contrato en serio tuvo que firmarlo mi padre, pues yo era menor de edad.
Sandro, “El Gitano", no conoció la fama de la noche a la mañana. Para ocupar el sitio actual tuvo que pasar varios obstáculos:
-La crítica, la censura, las opiniones de algunas personas, en especial aquellas que realmente afectan y pueden "darte duro" porque pudieron influir dentro de la mayoría de la gente .Las criticas las tomo de quien vienen, como algo positivo si son bien intencionadas y constructivas, pero la que me importa es la opinión del público alrededor del escenario.
En Argentina la censura es muy rígida. Tienes que limitarte, principalmente en los desarrollos cinematográficos. 
Sandro citó un ejemplo:
-Las películas tienen que ser aptas para todo tipo de público. No puedes mencionar la palabra “amante”, -aunque no existan las escenas fuertes- a menos que sea para adultos. Tampoco se pueden tratar temas históricos o crítica social.
Yo he intentado dirigir un filme sobre la “explosión de costumbres en 1955”. En esa época hubo fuertes cambios en la ideología de la gente, en la moda. Se vinieron abajo los prejuicios y empezaron los rebeldes. Viví plena y conscientemente esa época a pesar de mi juventud; yo estaba más desarrollado y me comportaba como un joven mayor.

Sandro nunca se siente solo ni triste
-Claro que todos tenemos momentos, pero nunca una depresión fuerte. Siempre lleno esos huecos”. No he pensado en casarme porque actualmente me siento feliz así, algún día lo haré, eso es definitivo, pero será cuando me sienta totalmente estable, si lo hiciera ahora no tendría libertad auténtica. Sería difícil mantener una relación como pareja. Me casaré cuando no sienta los impulsos de lanzarme de un lugar a otro, cuando piense en dedicarme de lleno al cine, a la grabación de discos y una que otra presentación. No podría hacerlo ahora que viajo todo el año. Tendría el pendiente de una familia y la educación de mis hijos y eso limitaría mi trabajo. Creo que sería egoísta de mi parte querer arrastrar a una mujer a una forma de vida que no es la normal para ella, a la que no está acostumbrada.
Todas mis inquietudes están enfocadas hacia los espectáculos y todas mis energías las canalizo en esto. Es lo que me apasiona. Si no fuera cantante seria músico, director de cine, iluminador, cualquier cosa que tuviera relación con lo que me gusta y me llena. 


Colaboración: Pili, una nena más. México







19 de agosto de 2011

Aniversarios

ANIVERSARIO DE NACIMIENTO N° 66  
ROBERTO SÁNCHEZ, SANDRO

CARTA NATAL

Signo zodiacal: Leo (Fuego). Por haber nacido el 19 de Agosto de 1945, su vibración es 1, lo que, en combinación con los números de su nombre y su apellido, le da las siguientes características:

Roberto es un líder nato, al que le gusta ocupar el centro del mundo. Su personalidad es magnética, dominante, brillante y dinámica. Se gana a la gente con su encanto e ingenio, con gran facilidad. Disimula muy bien su gran fuerza de voluntad bajo maneras amables.
Representa al Sr. Idea, pero guarda sus planes para sí, dado a que trabaja mejor y más tranquilo si lo hace solo. Extraordinariamente individualista, decidido e independiente, rara vez no llega a la meta que se impone. Siempre está lleno de recursos y jamás carece de ideas, al contrario, le sobran, y constantemente busca que se le reconozca por sus valores.

Es una persona que bajo ningún punto de vista, puede permanecer estático o en estado de inercia. Lleva consigo un deseo manifiesto de distinguirse, de tomar la dirección de un proyecto o una iniciativa personal. Seguramente, con tal de atraer la atención hacia él, adopta actitudes provocativas e inusuales que despierten admiración. 

 
Requiere autonomía, independencia y estímulo para la evolución de su creatividad. Le gusta medirse y superarse, arrastrando a los demás a su estela de marcha.

Es un pionero absoluto, un creador que engendra la originalidad, el principio masculino, el primero en toda acción.

Roberto es un ser libre. Cualquier intento de mandarlo o dominarlo, choca con su rebeldía. Difícil de influenciar, ambicioso y obstinado, planea y sigue su propio camino, negándose a las indicaciones o consejos ajenos.

Espontáneo y desinhibido, vive su vida a su antojo, tratando de prescindir de los demás, pero, así como no acepta consejos o influencias de otros, tampoco se involucra en la vida de nadie.  

No acepta la derrota y no conoce los complejos. Se basta a sí mismo y le agrada sentirse autosuficiente. Es un ser vital, sincero y extrovertido. Siempre sobresale, pero, necesita afianzar su personalidad permanentemente, demostrando que es el mejor.

A menudo, parece egocéntrico, pero es debido a que se sabe capaz e inteligente. No se conforma nunca con un segundo lugar y le horroriza ser considerado una persona del montón. Odia lo mediocre y lo vulgar.

Es una persona entusiasta, intrépida y temeraria. Vive osadamente y su espíritu se mantiene siempre joven. 

Resuelve con facilidad problemas o situaciones insolubles para otros.

Asume sus responsabilidades sin necesidad de que se lo recuerden y se transforma en territorial, protegiendo como un león su campo de acción e influencia.

Su nombre, Roberto, lleva una vibración 3, lo que denota la búsqueda de la originalidad en sus procesos personales. Esta vibración lo hace, en combinación con la vibración 1 que lo acompaña desde su nacimiento, intensamente creativo, con gran enfoque artístico, enorme facilidad de palabra, mucho entusiasmo y tendencia a dispersar la energía. 

Roberto es sumamente sociable y de sentimientos apasionados. Debería cuidarse de no caer en la superficialidad, el orgullo, la pedantería y los estados extremos.

Interiormente funciona bajo la vibración 5, lo que le da un accionar inteligente y sabio autocontrol, pero, al ser tan irritable, inquieto y nervioso, ese autocontrol se esfuma, pudiendo caer en grandes vicios como la bebida, el juego o el tabaco, como una manera de descargar su ansiedad.

Su fuerza reside en sus ideas materiales. Es dueño de un ágil e inteligente cerebro, aprende rápido y es capaz de retenerlo para siempre. Tiene el valor y la osadía para imponer sus ideas en el campo material.

Está excelentemente dotado para la oratoria y la escritura. Ama los viajes y no tolera la estrechez mental. Siempre escapa de lo rutinario, abriendo nuevos caminos.

Roberto es un ser con más corazón que mente, y a pesar de que su mente no descansa, se deja gobernar por el corazón.   



Fuente: http://elhombredelarosa.galeon.com/



28 de julio de 2011

Entrevistas y notas


ENTREVISTA CON PINKY


Es célebre la reticencia de Sandro a dar entrevistas, y mucho más para hablar de su vida. De pronto Pinky levantó el teléfono y lo llamó desde Uruguay. Contra todo pronóstico, Roberto Sánchez aceptó tomarse un avión en ese mismo instante. El resultado es esta entrevista que hasta ahora sólo se conocía muy parcialmente, en la que Sandro habla de su debut sexual a los diez años, los playback que hacía de Elvis, los primeros shows con Los de Fuego, las mujeres, la época en que compraba autos para combinarlos con la ropa, la isla con gente y todo que le ofrecieron en el Caribe, su amor por Buenos Aires, la muerte de su madre, los problemas de salud y lo único que todavía le pide a la vida: seguir cantando. Lo que se dice un lujo. Escrito por Pinky.

Mediados de los noventa. Tenía que hacer una serie de reportajes, sólo a los “difíciles”. Lo cierto es que cuando lo llamé (qué duda cabe: él encabeza los difíciles) no sólo aceptó, sino que decidió que no hacía falta que yo fuera a Buenos Aires; él vendría a casa, a Punta del Este. Una vez más tuve clarito por qué siempre lo he querido tanto. Sandro es absolutamente adorable, y rotundamente divertido. Su repertorio de chistes y la gracia infinita con que los cuenta me han hecho pasar horas aferrada al teléfono riendo a carcajadas. Pero también y por sobre todo, es locamente seductor. Los ojos, que miran, ven y saben. ¡La boca! Pulposa, inquietante. Sus manos, tan expresivas como sus palabras. Y aquí está, en mi casa, abierto, sonriente. Hermoso.
- ¿Te contaron algo del día en que naciste?
-Me contaron que nací en un horario incierto, no se sabe si era dieciocho o diecinueve de agosto, pero me anotaron el diecinueve (aunque según mi vieja nací el dieciocho); nací de incubadora, pesaba dos kilos trescientos, cuatrocientos, ¡era un ratón! Yo vivo porque quise… ¡me empeciné en vivir!

- ¿Eras sietemesino?
-No, normal. Mi mamá ya había tenido otro, muerto… Mamá tenía problemas con sus embarazos y yo nací enclenque; no daban dos guitas por mí y acá estoy: no van a poder conmigo, ¡qué joder! 

- ¿Cuáles son tus primeros recuerdos?
-Hay cosas increíbles, que se fijan, que recuerdo perfectamente: mi madre no me podía amamantar porque le había dado una eczema en los pezones y la veo a la vieja poniéndose crema en el pecho. Estamos hablando de meses, quizá días de recién nacido. Recuerdo un almohadón que había, negro con flores rojas y amarillas. Mi propia vieja cuando yo le contaba decía: “Pero ¡no puede ser!, yo te lo conté alguna vez”; y yo: “Mamá, nunca me lo contaste”. Y tenía meses, eh. Una memoria en ese aspecto, impresionante, ¡impresionante! Gran poder de retentiva, eso me ayudó mucho. Es importante para el laburo de uno acordarse, sobre todo de la gente.

- ¿La niñez?
-¡Ah! (se ilumina) ¡Fantástica! ¡Fantástica! Como digo siempre: “Yo fui un pibe callejero, no un pibe de la calle”; es una diferencia muy grande. Tenía un hogar bien constituido, un viejo y una vieja sensacionales que me criaron con una serie de principios morales bárbaros, me dieron… creo que lo mejor que me podían dar, que eran ellos mismos. Pero era de barrio, ¡y muy callejero! Hijo único y mi vieja, pobrecita, era enferma. Y yo me rajaba, me iba a la calle. Ya desde muy chiquito saltaba de la cuna, saltaba por la ventana, me iba a la calle y ¡me subía arriba de un árbol!

- ¿Qué edad tenías?
-Dos años. ¡Todo el barrio alborotado y yo arriba del árbol mirando cómo me buscaban! En calzoncillitos, ¿viste? Era lo peor: José Libertad. Esta es otra cosa que recuerdo: yo tendría seis, siete meses y mi cuna era de hierro. Me despertaba de noche, me paraba en la cuna, la empezaba a sacudir ¡y chau pibe!, ¡al carajo el pibe! Debajo de la cama: “Guauaaa”, llorando. Entonces mi viejo me hizo una red. ¡Así como lo oís! Me acostaban a dormir y me metían la red encima, porque si no me piantaba.
-Hablame de tu viejo.
-¡Mi viejo es uno de los tipos más brillantes que yo conocí! Laburador. Nació en Buenos Aires y después mis abuelos se fueron a vivir al campo. Pasó toda su juventud allá, después volvió a Buenos Aires… Hizo tercer grado nada más, pero tenía un poder de análisis, una concepción de las cosas tan… ¡tan certera! Simpático. ¡Bah!, maravilloso. Vendíamos vino a domicilio. Mi pobre viejo se levantaba a las cuatro de la mañana para trabajar en el frigorífico Wilson, y cuando salía se armaba changas. ¿Por qué razón? Porque la enfermedad de mi vieja se “la llevaba toda”. No había guita que alcanzara.

- ¿A qué edad empezaste a acompañarlo?
-A los diez. Triciclo, noventa a cien damajuanas ¡y a pedalear! Cuando llovía había calles de tierra donde no se podía entrar y mi viejo tenía que llevar cinco damajuanas en cada mano… bajo la lluvia. Era un animal laburando, una topadora. Lo conocía todo Valentín Alsina, por la simpatía que tenía. Por ahí venía con el triciclo, después con la motoneta que se compró, pobre santo, y si había una barra de atorrantes, paraba, les contaba dos cuentos, se morían de risa y él seguía. Ya lo esperaban, ¿viste? “¿Y?, Don Vicente, ¿qué cuento nuevo hay hoy?”. Siempre tenía, siempre, era una máquina… Me marcó mucho mi viejo, muchísimo. A los diez años me dio la llave de mi casa.

- ¿A los diez?
-Yo era imparable, Pinky, entonces, como no podía luchar conmigo me dio la llave y me dijo: “Acá tenés tu libertad, usala bien; que yo nunca te saque de una comisaría porque esto se acaba”. ¡Estuve en cana mil veces! En aquella época un pibe solo a las once, doce de la noche por la calle… te arriaban para adentro. Eso sí, mi viejo nunca me sacó de la comisaría. Ahí descubrí mis dotes actorales: le mentía al comisario, pobrecito.

- ¿Qué le decías al comisario?
-Que mi viejo era un mal tipo, que me fajaba. ¡Cualquier cosa! Todas mentiras. Al fin, cuando me veía, decía: “¡Otra vez vos! Andá para tu casa” (ríe a carcajadas). Éramos atorrantes pero no hacíamos nada raro, éramos incapaces de hacer algo con premeditación

- ¿Y las chicas?
-Bien… bien… muy bien.

- ¿Había muchas chicas en Valentín Alsina?
-Muchas. Y lindas… tuve varias noviecitas. A punto de casarme siempre; ¡pero nunca pudieron con papá!

- ¿Cuál fue la primera?
- ¿La primera? La de al lado de mi casa. Yo tenía diez y ella ocho. Maravilloso. Le mandaba cartitas. Me acuerdo el primer beso que le di atrás de la iglesia… ¡lo que me costó! Y se puso colorada como un atado de Jockey. Uno con el tiempo valora las cosas, el barrio, los amigos; éramos callejeros, había travesura pero no había droga, no había pegamento.

- ¿Por qué no te casaste?
-(Baja la voz y dice intensamente) La libertaaaaaad. Te estoy contando que me metían una red en la cuna cuando aún no sabía caminar, imaginate. Aparte hay otras razones: el tipo de laburo que llevamos nosotros, la imposibilidad de mantener una familia en serio, con todas las normas, porque tiene que ser como me educaron a mí, ¿está claro?

- ¿No te hubiera gustado educar a alguien así, como te educó tu viejo?
-Sí. Pero mi viejo laburaba y venía a mi casa. Estaba todas las noches, me miraba los cuadernos, estaba presente, me enderazaba si me torcía. En cambio el laburo nuestro, ¿qué es? Te vas tres, cuatro meses a trabajar al exterior, volvés, estás dos días, te volvés a ir. No hay un tiempo para hacer las cosas realmente bien. Me dio siempre un poco de miedo. Si traés alguien al mundo, ojo, no es un cachorrito que compraste en la cancha de River y que después dejas tirado, ¿no? Es un ser humano. ¡Guarda con eso! Y ya te digo, esas razones… fue pasando el tiempo… pero bueno, tuve mis parejas, ¡algunas duraron diez años!

- ¿Tienen algún punto en común?
-Primero, me gusta que sean muy de su casa (ríe), muy señoras del hogar. Quizá porque uno se lo pasa viajando permanentemente, cuando regresás querés que tu mujer te esté esperando. Si llegás y está filmando una película en tal lado y “¡Hola! Sí, nos vemos dentro de tres días”, no. Ese no es mi ideal. Me gusta la mujer de su casa. Me gusta tenerla como una reina.

- ¿Qué significa tenerla como una reina?
-Que no le falte nada: “¿Qué querés?”, “Tal cosa”; “Ahí lo tenés”. Todo. ¡Pero yo voy a laburar y cuando vengo tenés que estar acá! Sí, sí, sí. Me puede ir a ver al teatro pero yo termino de trabajar y vengo a comer a mi casa. Y la comida, lista (ríe a carcajadas).

- ¿Dónde las encontraste?
-En la vida. Nunca en el ambiente, por aquello de que donde se come no se… ¿no? Nunca me metí con las compañeras de trabajo.

- ¿Ni por un ratito?
-No, no. Ni por un ratito. Créase o no. (Imita el acento español) “Se tejen mil leyendas, coño”. Y he sido un tipo muy fiel. Por aquello de “No le hagas al otro lo que no te gusta que te hagan”.

- ¿Sos celoso?
-Seee… Una cuota. No mucho.También, si la pobre está todo el día en su casa encerrada. No, no, todo el día encerrada, no; salen, se divierten, hacen las cosas que tienen que hacer. Los celos… un poquito nada más, me duran diez minutos.

- ¿Nunca hiciste una escena de celos? ¿Qué hacés cuando tenés celos?
-Se lo digo. Por ahí se puso una ropa que me parece demasiado llamativa y digo: “Eso no te va”. Mentira, le queda bárbara, pero: “No te queda bien”. Hasta ahí nomás, ¿eh?

- ¿Y ahora?
Ahora también, tranqui.

-Ahora, ¿tenés pareja?
-Sííí. Cómo no. Claro. Hace años. Una señora muy de su casa. Que ama su casa, cada rincón, los animales. Tengo: gatos, perros, canarios, loro, papagayos, teníamos mono, gallinero tengo, huevitos frescos todos los días. Y sobre todo el canto de los gallos, que me vuelve loco. A las cinco de la mañana ¡es un quilombo! Me encanta.

-Tu mujer, ¿tiene celos?
-¡Noooooo! Al contrario. Entra en todas, no sabés cómo las atiende a mis fans. Mejor que nadie. Las atiende de primera. Entiende esto. Esto es así, me conoció así. Que es una de las cosas que siempre antepongo: “Mirá, si yo hubiera sido albañil y un día me encontré con una guitarra, hice una canción y tuve éxito, tenés justificativo para muchas cosas… pero a mí me conociste así y si no lo comprendés, lo siento mucho”. ¿O no? Yo no tengo un mercadito, yo vendo algo que se llama Sandro, punto. Y: “De eso vivimos muchacha, si no lo entendés me estás saboteando la empresa”.

- ¿Cómo se llama ella?
-María.

-La más mía, la lejana…
-Que encontré una mañana… Buena gente. ¡¡¡Ahh!!! Me estás haciendo hablar de mi vida privada y no quiero (reímos).
-¿Cómo te enganchás con la música?
-Tenía, bah, tengo dos primos. El viejo los hacía estudiar música, inglés, los volvía locos; uno estudiaba bandoneón y otro guitarra. Un día estaba mi primito con la guitarrita; un odio, pobrecito, porque quería jugar a la bolita; y estaba esperando que llegara mi viejo, que enseguida hacía la canchita y se ponían a jugar, mi viejo era un sol, como te dije… Él había dejado la guitarra ahí y yo le pasé un dedo a las cuerdas. Oí. “Qué lindo –pensé– me gustaría tocar esto.” Pasaron los años, frente a mi casa había un tipo que tenía una guitarra rota. Se la pedí prestada y un atorrante del barrio me empezó a enseñar los primeros acordes. Entonces yo me sentaba en la cocina, apoyaba la guitarra en el borde de la mesa y hacía fuerza para enderezarla; aprendí a tocar así. Mi vieja me ponía un tazón con agua y sal para que metiera los dedos. Me pasaba ocho horas con el instrumento en la mano, ocho, ¿oíste?, de las dos de la tarde hasta las diez de la noche. Ahí descubrí que ésa era una vocación real. Ningún pibe se pasa horas. ¡Eso es muy loco! A todo esto empecé a cantar, imitaba muy bien, tenía doce o trece años y cantaba como Johnny Albino, me salía la vocecita tal cual. Entonces hicimos un trío de boleros con este atorrante que me había enseñado a tocar y que después formó parte de “Los de Fuego”. Nos presentábamos en los concursos de cantores, pero nunca en el barrio, porque nos gastaban como locos. Esto viene después de un festival en el colegio para el que los chicos del barrio habían decidido armar un número. Lito se disfrazó de Blackie y yo de (ahueca la voz) Elvis. Sííí, me pinté las patillas, jopo con alambre y un sweater que me prestó la madre de un amigo. Poníamos los discos y hacíamos fonomímica, ¡fonomímica! Setenta y ocho. Ponen el primero, fenómeno, hacemos como que Blackie me entrevista, sanata, sanata pura, ¡en inglés!, ¡si yo no hablaba una palabra! Atrás, cuatro parejas bailando rock. Habíamos salido del eterno pericón “tan-tararararán”, aquellos plomazos. El número ese estaba matando. Los pibes: “¡Biiiieeen!”. Cuando el chico va a poner el segundo disco, se le cae y se rompe. Yo me largué a cantar a capella y todo estalló. Bailé con las pibas más lindas. Me dije: “Esta es la mía”. ¿Quién me decía que no? ¡Me había convertido en la estrella de la noche! Formamos el trío, pero cada vez que nos presentábamos, éramos dos. Era muy gracioso, siempre faltaba uno. Presentaban: “El trío Los Caribes”, o algo así, entrábamos y éramos dos. El que me enseñó a tocar la guitarra, Enrique Irigoytía, cantaba en un recreo. Él me enseñó a tocar en el café. Empecé a ir al café a los diez años, porque tuve un desarrollo prematuro impresionante, tenía diez y parecía de catorce, quince.

- ¿Después de haber nacido con dos kilos doscientos?
- ¡Increíble! Nunca fui púber. Era un paria; tenía diez años en la cabeza pero un lomo de catorce… (con voz aguardentosa): “¿Qué hace ese boludo grandote, ahí, con los pibes?”. Estaba con los de catorce, quince, y tuve que pagar todos los derechos de piso. Hacerme respetar. ¡Estar con una mina a los diez años es muy duro! ¡Toda una mina en bolas, para vos solo, sin saber cómo empezar!

- ¡No me digas que debutaste a los diez años!
- ¿Debuté? ¡Fue un simulacro! ¡Los nervios que tenía! ¿Sabés lo que es eso? ¡No sabía cómo empezar! Fue muy lindo. Éramos como quince en una obra en construcción.

-Y saliste haciendo pinta… la maté.
- ¡Mentira! Nada. De los nervios… No pude hacer nada… ¿dónde estábamos?

-En tu amigo, que cantaba en un recreo.
-Se tenía que ir a la colimba y quedaba el puesto vacío. Fui y me hice cotizar. ¡Era un pibe y cobraba como una superestrella! Qué loquito que era, qué pretencioso. Y con eso me pude comprar mi guitarra. Un chico de mi barrio tenía batería; otro, otra guitarra; y se armaron “Los de Fuego” originales… Yo era el que menos mal tocaba, era la guitarra líder del grupo. Cantaba el bajista pero un día se retobó, no quiso cantar un tema, y le dije: “Canto yo, vos no cantás más”. Yo había armado el grupo, así que él quedó como bajista. Un representante, Mario Naón, que tenía en aquel tiempo un grupo llamado “Jack y Los Ciclones”, organizaba concursos de cantores. Vamos a dar una prueba, Club Bomberos de Ramos Mejía, se despide el “Dúo Dinámico” y entramos a hacer la payasada, éramos cuatro. Los solos de guitarra los hacía el que me había enseñado, pero le daba tan duro que se le rompían las cuerdas que era una maravilla. En el primer tema rompió una, en el segundo, rompió dos cuerdas. Le pasé la mía… y me quedé sin nada. Entonces empecé a hacer todo lo que me llevó a la fama: pegar saltos, bailar, armar un quilombo arriba del escenario. “¿Y este loco de dónde salió?”, decían. Pero fue una explosión. “¡Qué bárbaro! Bueno, los agarro. Vos, ¿cómo te llamas? ¿Sandro? Sandro y Los de Fuego”. ¡Ping! Ves que todo fue por accidente: se rompió un disco, se rompieron las cuerdas, siempre tuve que manotear algo, como quien dice “sacar las papas del fuego”. Pero es el destino.

- ¿Después viene lo de Pipo Mancera?
-Sí. Fuimos al canal a dar la prueba. No me olvidaré nunca. Potín Domínguez con Paula Gales en la salita del viejo 9 me dice: “Bieeeen. Pibe, ¿te animás a sacarte el saco?”. Con las ganas de triunfar que tenía me habría sacado hasta el apellido. Cómo no me voy a sacar el saco. Lo trajo a Pipo: “Pipo, mirá, lo que andábamos buscando”. “Debutan el sábado”, dijo. ¡¡Ay!! ¡My mother!! ¿Y ahora? “Señoras y señores, ahora con ustedes… alguien que en quince días será éxito.” Ésa fue la presentación de Pipo. Salí, revoleé el saco, ¡se armó un despelote! Al otro día todo el mundo: “¿Lo viste al loquito?”. Estaban como con toda cosa nueva: muy a favor o muy en contra, no había término medio. Después vino la prohibición: que era pornográfico, que era obsceno. Pipo dijo: “Si sacan al pibe yo levanto el programa”. Se la jugó. No me lo olvidaré jamás. “Cuando empiece con el circo, la cámara de arriba, eh, para no verlo”, dijo Potín.

-El tema era el movimiento de la pelvis.
- ¡Claro! Era el único problema de ellos, después que yo rompiera todo, que puteara en cámara, no importaba, el asunto era allí abajo. Pero la ganó Pipo.

- ¿Cuándo sentiste que ya estabas plantado?
-No hace mucho… Fijate vos lo que es la vida, uno que ha andado tanto, que ha cantado en los mejores lugares… Hice el festejo de los veinticinco años con el disco en el Luna Park. Hay un tema que cantaba al final que se llama “Amor en Buenos Aires”. Dice: “Y te amo tanto como las glicinas de los viejos patios de mi Puente Alsina”. Me lo hicieron a medida; el tema es de Rubén Amado, cuando lo escuché, las lágrimas se me caían. Ni yo lo pude haber hecho mejor. Lo canto y a los pocos días voy a la casa de un chapista que me estaba arreglando mi viejo Ambassador. Llegué a la una del mediodía, cosa de que no hubiera nadie, para estar tranquilo, ¿viste?. ¡Cuándo salgo!, qué desfile de batones y ruleros de las señoras del barrio, también las camisetas de los señores… Y viene uno, me pega un abrazo y me dice: “Qué hacés Sandrito, viste qué lindo barrio tenemos”. Me dije: “Ahora sí, ahora soy… me quieren acá”. ¿Te das cuenta, cuánto tiempo? ¡Me costó la vida! Me lo hicieron sentir: “Ahora sí, ahora llegué”.

- ¿Te gusta Buenos Aires?
-No puedo vivir sin Buenos Aires. Podría estar viviendo ahora en mi isla privada frente a las Islas Vírgenes. Te lo digo en serio. Me lo ofrecieron en su momento a comprar en cómodas cuotas, con gente y todo, y fuera de las aguas territoriales. Un país aparte podría tener. Si yo me voy de Buenos Aires, me muero. Me muero. Es mi ciudad. Por eso mi tango, que no lo puedo escuchar porque me hago pelota, es: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir… guardaré mansamente las cosas de vivir, mi tabaco, mi pipa, mi puñado de esplín”. ¡Es una gloria! Yo soy Buenos Aires, tengo todo: el idioma, la mirada, la marca del Riachuelo, el estigma del Riachuelo tengo encima.

- ¿Te han hecho daño?
-Sí. Pero lo olvidé pronto, gracias a Dios. Trato de aprender, que es lo más importante, porque me dolió. En la vida, lo que me pone muy loco es no comprender las cosas. Si te dijeran que te van a fusilar… “¿Por qué?”, me preguntarías. Y yo te contesto: “Te vamos a fusilar, porque sí”. En tu lugar, me muero antes, de un ataque de locura por no saber. Pero si me dicen: “¿Sabés quién soy yo? Soy ése al que le afanaste la figurita en el colegio”; “¡Ah! Bueno, ahora comprendo, está bien, tirá y que Dios te perdone, a vos por matarme y a mí por robarte la figurita”. La confusión me pone muy loco. Si comprendo la cosa no hay problema. Las veces que me dañaron, me dañaron porque estaba confundido.

- ¿Esto te ha pasado con hombres o con mujeres?
-Con hombres y con mujeres. Creíste que era un amigo, le entregaste la vida, y de pronto por poco te manda al Cipec. Eso es muy triste. Pero hago como los gatos: salto para otro tejado y chau. La vida es un boomerang, todo vuelve, lo bueno y lo malo. Un día veníamos con Héctor Larrea, que fue mi locutor oficial durante dos años: “Señoras y señores, con ustedes, Saaandro, un artista… legítimo”, maravilloso Héctor. Veníamos por Rivadavia a la altura de Ciudadela, con el finadito Oscar Anderle y Luis de Gubea, y vemos un auto clavado contra un árbol, pero parado al revés, la trompa para abajo y las ruedas de atrás arriba del árbol, no sé cómo se incrusto así. Paramos, me largo a toda velocidad, fui uno de los primeros en llegar, me asomo, y el tipito estaba cabeza abajo, se quejaba; “¡Todavía está vivo!”, grité, y como entonces era flaquito, me meto, lo saco, ¡un olor a asado tenía encima! Había un viejo con una frazada. Se la pedí, lo envolvimos, lo metimos en la camioneta y lo llevamos al hospital. Le sacamos el saco, el tipo tenía un tenedor y un cuchillo en el bolsillo del corazón. No estaba para la muerte ese día. Estaba medio consciente. Le pregunto quién es, miramos en los bolsillos, encontré una tarjeta, llamo a la casa, hablo con el padre: “Su hijo está acá, tuvo un accidente, no se preocupe, no está mal (yo no sabía, pero qué le iba a decir)”. “¿Testigos?.” “José Pérez.” Me fui. Pasa un tiempo, dos meses. Necesitaba comprar amplificadores y voy a la Phillips que estaba en la calle Córdoba. Viene un tipo, le digo que quiero averiguar. “Espere un momentito.” Se va, aparece un tipejo, flaquito. “Vos sos Sandro, ¿no? ¿Te acordás de mí?”. “No, la verdad que no.” Se abre la camisa: tenía un yeso hasta el cuello. “Estoy vivo gracias a vos; yo soy el hijo del gerente”, y me regalaron los equipos. Lo que es la vida, yo lo hice desinteresadamente, punto. Pero de esas… mil.

- ¿Alguna vez te enfrentaste con la posibilidad de morirte?
-Sí, en el 92, fue el peor año de mi vida: la muerte de mi vieja, problemas económicos causados por un “buen amigo”, me pegó una estafa de aquéllas. No, no fue una estafa, no supo manejar un negocio en el cual yo había metido, aparte de un toco de guita, ilusiones. Fue un irresponsable… y a veces es peor. Entonces se me desató primero un problema en la piel. Me dieron corticoides y ahí empecé a hincharme. Luego la muerte de mi vieja, que fue a la antigua: murió en mi casa, en su cama, con un cáncer galopante la pobrecita, dieciséis operaciones tenía ya, todo lo que te puedas imaginar, mi vieja era un compendio. De noche le hacía la vigilia, la familia de día y yo de noche… me acordaba de Mirtha Legrand, porque la pobrecita no podía llegar al teléfono interno y yo le daba las campanitas que siempre le afanaba a Mirtha en los almuerzos para que ella “gling, gling, gling”. Ahora suena una campana y es automático, una reacción de aquéllas. “Gling, gling, gling”, a darla vuelta, a cambiarla, o llamar a mi mujer para que la cambie, ese tipo de cosas… Fue muy duro, muy duro… Rogaba que se muriera… Por el sufrimiento tremendo de esta mujer y la impotencia de uno, que es lo peor. “¡Qué hago! ¡Qué puedo hacer! ¡Nada!.” Esperar, nada más. Se murió bien, se murió en su casa, con sus afectos y no sola, toda enchufada… Quisiera morir así si Dios me lo permite. Todo ese proceso desencadena el 1º de enero del 93. Tengo un dolor en el pecho. ¡A la clínica! Pequeño preinfarto, problemas respiratorios producidos por el faso y la ansiedad de todas esas noches y todo lo demás. ¡Me estaba muriendo! Después, un día estaba sentado en el escritorio en mi casa, mal. “Esto no puede ser, me muero… o zafo… pero tengo que hacer algo”, pensé, y me puse a caminar por el parque de mi casa. El primer día, a los once minutos no daba más. Así todos los días; llegué a caminar tres horas y pico, a correr, a hacer gimnasia, pero igual estaba muy mal. Estaban pautados unos shows –esto es lindo, lo que te voy a contar es una maravilla–, había que trabajar, la plata se va, ¿vio? La gente cree que no, pero la plata se nos acaba. Subí en Quilmes, 2 de abril, me dolía hasta la medalla, palpitaciones, sin aire, ¡veinte kilos de más tenía! ¿Sabés lo que era eso? Subí y le conté a la gente: “Yo no sé si voy a terminar este show, estoy realmente muy mal, estoy pasando por problemas de salud muy serios”. Empecé a cantar, cada tema que iba terminando la gente aplaudía como diciendo “no aflojes”. Veía gente llorando, y al final lloraba yo también. Lo terminé. No lo podía creer. Igual seguían los problemas, pero esa noche la fuerza me la dieron ellos. Al otro día vamos a Caseros a trabajar, igual, muy mal, tan mal que me dio un acceso de tos en el auto; yo iba atrás y le quería decir a Aldo: “Pará que me estoy descomponiendo”. Había perdido el control del centro motor, quería hablarle y me oía farfullar algo ininteligible. Consciente absolutamente: “¿Qué estoy diciendo? Perdí. Chau”. Aldo paró el auto, me recompuse, le digo: “Vamos, vamos al escenario”. “No, esperá que lo suspendemos, ¿cómo vas a ir así?.” “No, no, vamos. Yo sé que esto es lo que me va a salvar.” Subo al escenario, tercera canción: “Más que noche esta noche”. Me olvido la letra. Me digo: “¿Cómo era?”. Y me meto en el tema, absolutamente, decidido, toda mi psiquis se metió en la canción… la fui encontrando y cantando, cantando… en un momento dado… ¿vos viste el exorcismo en las películas? Tal cual. De repente recuperé mi cuerpo, no tuve un dolor más. Yo no lo podía creer; empecé a bailar y a saltar, ¡estaba perfecto! “¿Qué es esto?” Esa es la psiquis, ése es el poder de la mente. Se habían apoderado de mí de tal forma todos los problemas, los dramas, que había somatizado, por todos lados reventaba. Solamente en el momento en que me olvidé de mí y entré en la canción me recuperé. Pero Pinky, fue como un exorcismo. De golpe me sentí perfecto y no me volvió nunca más. Tengo problemas respiratorios, pero no es aquella cosa de estar enfermo. Entonces cómo querés que yo no suba al escenario. Debo hacerlo si quiero seguir viviendo. Necesito esa vitamina.


- ¿En que creés, Sandro?
-Yo creo en Dios, absolutamente. ¡Me ha zafado de cada cosa! No te digo que lo he visto, no tuve esa suerte, pero sí siento la presencia, permanentemente me acompaña. Es de lo que más he estudiado. Bah, me he informado, porque cuando se tienen treinta años, todo el éxito, toda la guita, juventud, salud, las mujeres te persiguen, decís: “Bueno y ahora, ¿qué? ¿Así que esto era el éxito?. ¿Esto era?”.

- ¿Te sentías solo?
-No, me sentí peor. Sin sueños, sin ilusiones. Es lo peor que le puede pasar a un tipo, quedarse sin una ilusión. Hasta el condenado a muerte tiene la esperanza y la ilusión de que llegue la conmutación de la pena un segundo antes de estar en la silla eléctrica. Ahora, cuando vos hiciste, no todo lo que quisiste, sino mucho más de lo que habías soñado, cuando alcanzaste la cima, decís: “¿Era esto?”. Estás solo allá arriba, porque el éxito y el poder y todo eso te da la más absoluta soledad: son cosas que no se pueden compartir. Me quedé sin ilusiones, tuve que empezar a reverme, fabricarme los sueños. ¡Guarda con esto que estoy diciendo! Me los tuve que fabricar. Hice un castillo, todos quieren tener un castillo…. armé un edificio que es un minicastillo (hasta están las oficinas), laburé diez años, hice los planos, me metí de arquitecto con tablero y todo, otro firmaba claro, por la matrícula, ¡y lo terminé! Me llevó diez años. Cuando había guita poníamos las puertas, cuando no había guita dejábamos las ventanas con el agujero. Ese fue un elemento motivador, ¿ves? Para seguir dándote manija, porque llegás a algunos momentos donde ¿qué más puede haber? ¿Un millón más de dólares? ¿Para qué? Duermo en una misma cama, como en la misma mesa, y uso un solo auto. Yo tenía siete autos, aquellas cosas de pibe: un auto para cada color de pilcha. A los veinte años, quién no. Eran míos, me los ganaba yo, no me los regaló nadie, era mi plata; me compraba de a dos autos, iba a lo de Cacho Steimberg y le decía: “Dame éste y aquél”. Totalmente sonadito. Cometí todos los errores que puede cometer un ídolo. Como digo: “Menos la falopa y los trolos, por supuesto, no me privé de nada”. Después, bueno, la usé a la vida, la usé. Cometí errores, tengo una casa gigantesca, bueno... grande, costosa para mantener, porque en aquellas épocas el star system, las estrellas, vivían así. ¡Qué gil!, Dios, ¡qué gil!

- ¿Tenés miedo?
-Sí, sí. A morir lejos de Buenos Aires. No es chiste, es en serio. Y espero tener una muerte elegante. Después, no sé, porque nunca fui miedoso, perro callejero, ¿viste?, audaz, siempre me metí en las cosas más insólitas: “Está loco, mirá lo que va a hacer… y lo hizo el loco”. No tengo miedo. Aparte soy un tipo muy precavido. Si tengo que pintar el placard, pongo un paño en el suelo para que no se manche. Todo está cubierto; después es cosa de Dios, ¡del famoso imponderable!

- ¿Qué más querés?
-Vivir. Vivir. Mirá qué simple Pinky. Poder disfrutar un poco de las cosas que uno se ha ganado… ya en la quietud de este tiempo otoñal que estamos entrando y viviendo. Vivirlo plenamente, tranqui, sin presiones, sin la locura de la venta del disco ni del rating de televisión, ni cuánta gente metiste en el teatro o en un estadio. Disfrutar ahora. Cantar por cantar. Eso es lo que quiero, cantar por cantar. Hace mucho que no canto. Canto en un escenario, pero yo, ponerme a cantar… Querría recuperar la alegría de cantar por cantar, no por el oficio de cantar. Mirá qué sencillo y qué complicado que es. Quisiera recuperar la alegría de cantar para mí.


Fuente: Ezenlaweb.com